Éramos inseparables. No nos amábamos, simplemente éramos inseparables. ¿Entienden?
Lo había leído por ahí y eso exactamente era lo que nos pasaba. No
podíamos estar separados porque sentíamos un vacío, una necesidad, un
agujero en el pecho… una falta. Nos hacíamos falta, es que éramos
inseparables, ya lo deben haber entendido.
Fue por eso que en mi pequeño pueblo, la noche del 16 de diciembre
del 2000, fue a ella a quien busqué para escabullirme, para huir, como
muchas veces, del fútbol. Esa noche mi Everton, el equipo al que amo y
al que le dedico la última palabra en mis rezos, jugaba el clásico con
Wanderers. A nosotros sólo nos servía ganar para salvarnos del descenso,
si empatábamos o perdíamos nos íbamos a la B.
A mis 11 años ya entendía que eso era morir un poco. Durante la
semana me molestaron en la escuela y en mi casa ese día sábado me
trataron como sabiendo que debía prepararme para lo peor, pero yo decidí
huir, como siempre… actuar como si el fútbol era lo que menos me
importaba en la vida.
“Ya va a comenzar el partido”, me dijeron, pero yo fingí desinterés y salí a la calle.
“Ya no me importa el fútbol”, le respondí a mi papá. Por dentro tenía
un nudo. Fue una mentira que casi se me escapa con un llanto, fue una
mentira con alma, un ruego que gritaba: “que pase luego esta noche, que
Everton no descienda y si desciende que nadie sienta lástima por mí, que
nadie se acuerde de que existo”.
Salí a la calle arrancando de los comentaristas que ya anunciaban las formaciones…
Ella me estaba esperando. Con su sola mirada mi noche se arregló un
poco. Andaba vestida como casi siempre y como nunca lo quise olvidar.
Con sus pantalones negros que eran diferentes a cualquiera, con su
chalequito gris como no hay otro igual, y con su pañuelo abrazado al
cuello de una forma en que nadie puede imitarlo… era única.
Me sacó de esa calle y me integró al nuevo mundo ése que sólo ella
sabía construir. Armó un círculo en la tierra y empezamos a tirar
piedrecitas adentro intentando que no se salieran al rebotar.
Hablamos de cualquier cosa, lo que bastó para que yo me olvidara un poco del partido.
Ella dijo que tenía algo muy importante que decirme, pero justo en ese momento sentí un grito. ¿Habrá sido un gol? Me pregunté.
No pude aguantar la incertidumbre y salí corriendo a la casa. Mi
fiel compañera me siguió, con paso firme, dispuesta a contenerme ante el
inminente dolor.
Al entrar al comedor vi que iban 0 a 0 y no había acción en el
televisor, el partido está parado, ¿por qué? Porque había tiro libre
para Santiago Wanderers.
El silencio fue total, mi padre me miró sin decirme nada. Rodrigo
Pérez, el lateral izquierdo de ellos, corrió y pateó el balón con la
zurda, la pelota no sé cómo pasó por todos los obstáculos y se metió a
la red. Fue gol, estábamos perdiendo y nos íbamos a segunda.
Yo me di la media vuelta y salí corriendo, llorando, empujando todo lo que encontraba a mi paso. Empujándola a ella también.
Me fui a meter a la parte más oscura del patio, debajo del peral, donde nunca me atrevía a ir solo.
Mi fiel compañera llegó allá, olvidando el empujón que le di, con una humildad que hasta el día de hoy me rompe el alma.
Me quiso consolar, pero yo le grité y la volví a empujar. Fueron
segundos en que me enceguecí, en que ver a mi Everton descendiendo
acababa con mi mundo.
Ella agachó la cabeza y entendió que nada podía hacer por mí.
Mientras se iba sentí a lo lejos el grito de gol que anunciaba el empate
de Everton.
Me quedé solo, rezando por ese segundo gol que nunca llegó.
Descendimos, fueron días en que intenté desaparecer del mundo.
A la semana siguiente me sentía recuperado, orgulloso de amar a
Everton con el alma, decidido a ser más fanático que nunca aunque mi
equipo jugara en los potreros.
Llegué un miércoles a clases con el ánimo renovado y con unas ganas inmensas de encontrarme con mi fiel amiga.
No la encontré en el recreo y al salir de clases la esperé afuera de
su sala y nunca apareció, salieron todos los de su curso y su carita
morena no. Corrí donde una de sus amigas, quien un tanto sorprendida me
contó que se había ido, se había ido a vivir a Viña, que todos lo
sabían, que era muy raro que no me lo haya dicho.
A mí se me volvió a derrumbar el mundo en menos de una semana.
Me quedaba solo en ese pueblo, sólo con mi amor por el Everton, pero sin nadie con quien compartir mis alegrías.
Los años pasaron y fui creciendo sin olvidarla y amando cada día más a mi equipo.
Los estudios me trajeron a Viña del Mar, y mañana, aún me cuesta
creerlo, jugamos la final ante Colo Colo. Está difícil, pero creo que
podemos ser campeones.
Miralles, Jaime Riveros, Cristián Uribe y nuestro entrenador me
llenan de ilusión. Estoy expectante, ya me puedo ver llorando de alegría
gracias a un título que llegaría caído del cielo, pero me falta mi
vieja amiga.
Prometo, ante todos, que si somos campeones, moveré cielo, mar y
tierra para encontrarla y decirle que me perdone, que si recuerda cuando
la empujé y le grité, que me perdone, porque el corazón de un hincha es
bueno y fiel y las derrotas nos hacen más fuertes y valientes.
Si no me quiere perdonar, lucharé con todas mis fuerzas para que lo
haga… lo que realmente me asusta es que me diga que no se acuerda de
eso, que en definitiva no se acuerda de mí…pues quizás sólo el fútbol es
el que siempre te da revanchas.
@FJopia_CDF
Este es un espacio donde podemos hablar de fútbol, de táctica, de emoción, de recuerdos. Para que se hagan una idea de mi visión de fútbol, mis ídolos son Bergkamp y Robben; mis inspiradores: Cruyff y Bielsa. Admiro mucho a Guardiola y siempre digo "¡Que vida el fútbol! pero no todo el fútbol". Tengo diferencias irreconciliables con ideas y estilos que han sabido ser campeón, pero sé que en este deporte hay espacio para todo.
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