La diferencia de Marcelo Bielsa con la mayoría de los
entrenadores, es que él ama de igual manera ‘ganar’ y el 'fútbol’.
Muchos entrenadores, hinchas, e incluso futbolistas, no aman
el fútbol, sólo lo quieren, es lo que más les gusta, o hasta -mediocremente- lo
que mejor se les da.
Amar algo es dotarlo de belleza, querer llevarlo a un plano
superior, hacerlo trascender, utilizarlo como motor de inspiración, y en el
caso del fútbol, competir, ojalá al más alto nivel y tratar de ganar, de ganar
siempre. Esa es la aspiración máxima.
Bielsa ama tanto ganar que trabaja de manera obsesiva todas
las variables que puedan influir en el juego, y ama tanto el fútbol, que la
única forma en que concibe el triunfo es utilizando los recursos más nobles que
este deporte tiene, y que en el comienzo de los tiempos nos enamoró a cada
uno.
El ‘amor a primera vista’, que normalmente nos produce el fútbol,
se da por la rebeldía de buscar el balón para atacar, de juntarse con un compañero para hablar el
mismo idioma y empezar a hilvanar movimientos y pases para anotar en el arco
rival, y una vez que lo logramos, sólo pensamos en hacerlo de nuevo, ojalá
muchas veces, y cuando llega la hora de defendernos, todos nos entregamos
genuinamente en la tarea.
Si nos tocaba perder, esperábamos con ansias que llegara el día
siguiente para entrar a luchar con más ganas por el dominio del balón, por
pasarle por encima al rival, y por fin ¡Poder ganar!
Eso es Bielsa. Él conserva el amor genuino por el balompié.
Lo ama por sobre todas las cosas. Y lo único que ama de igual forma es ganar.
El resto sólo ama triunfar, sólo eso los satisface, y van
por ello aunque le falten el respeto al fútbol, aunque se menosprecien a sí
mismos e ignoren al niño que alguna vez fueron y que sólo quería disfrutar del
juego.
La gran diferencia de Bielsa con la mayoría de los
entrenadores, es que él vive por el fútbol porque lo ama, porque no concibe
este mundo sin enaltecer aún más el deporte que le recorre por las venas y lo
acompaña día a día, estoy seguro, de la misma manera en la que se enamoró a
primera vista, en alguna callecita de Rosario.
