El sábado 17 cumplí 30 años. Y como la mayoría de las
personas, he pasado por momentos desde muy buenos hasta muy malos, y en mi
caso, la Católica ha ocupado un papel preponderante en muchos de ellos,
especialmente durante mi niñez.
Crecí en el pueblo de Huentelauquén, en plena década de los
90’s. El fútbol y la UC ocupaban el 89% de mi vida individual, pero no había
mucha competencia tampoco. Hasta los 20 años había ido una vez al cine, a los
18, cuando llegué a estudiar Periodismo a Viña, cumplí mi sueño de ver jugar a Católica
en el estadio (perdimos 2-0 con Everton…era el equipo de Garré) y a los 21 pude
visitar San Carlos (goleamos 4-1 a O’Higgins…era el equipo del Chemo Del Solar).
Nunca tuve dinero para los juguetes de moda, no existía
internet, en Huente no habían videojuegos y todo llegaba atrasado o nunca
llegaba, así que no era tan extraño que me obsesionara por una sola cosa. Cada
vez que mis padres o hermana viajaban a Ovalle, Illapel, Viña del Mar o
Santiago, yo le encargaba un casette de la barra de Católica (un amigo tenía
uno de la U, así que yo asumía que existía uno de Católica), un póster, por
último un llavero o alguna revista para leer sobre mi equipo. Sólo llegaba la
revista.
El acceso a mi pasión
era escaso, incluso ver los partidos por televisión hasta los 14 años,
cuando llega Sky, era prácticamente imposible, por eso recuerdo con tanta
amargura (y cariño, ¿puede ser?) esos relatos por la radio donde escuchaba que
nos saqueaban, nos perdíamos goles y terminábamos cediendo títulos y clásicos
al final del año. Crecí con una intolerancia a la frustración que limita con la
locura.
Hasta el día de hoy en Huente me siguen preguntando: “¿Cuántas
cosas rompiste en tu casa con la última derrota?”.
Ahora que vivo con mi polola ha sido una complicación y he
tratado de ir mejorando, especialmente porque tengo ahijados pequeños y no
quiero ser un mal ejemplo para ellos, y he entendido que las personas a mi
alrededor no tienen por qué pasarlo mal durante 90 minutos por mi culpa (o de
la UC).
Siento que mi historia representa a muchos cruzados, no
necesariamente (sin discriminar) a esos que tuvieron la suerte de crecer en
lugares acomodados o con cercanía a Santiago, pero sí a la gran mayoría de
hinchas de regiones, que su primer
título fue el del 97, que han derramado lágrimas por culpa de la U, de Pablo
Pozo, de Unión Española, o incluso de Lasarte, siendo ya un profesional que
puede acceder a todo lo que no pudo en su infancia.
Mi historia puede representar a un determinado grupo, pero
en esencia, es la historia de un hincha cruzado como cualquiera que ama
realmente al club. Que lo lleva en la sangre, que sueña con verlo algún día
¡por fin! ser campeón de la Libertadores o tricampeón nacional.
Es eso lo que soñamos, es eso lo que queremos. Queremos que
todos los sufrimientos futbolísticos que hemos tenido a lo largo de nuestra
vida por fin cobren sentido, ¿Cómo mierda no va a poder ser posible eso? ¿Cómo
mierda vamos a ser siempre los que cagan, lo que pierden, los que lloran?
¿Y qué merece el hincha de Católica? ¿Merecemos más que
Rangers, que nunca ha sido campeón? ¿Más que Magallanes, Curicó o Everton?
Sería egoísta decir que sí. Tal vez desde fuera es fácil
analizar las cosas con frialdad y apelar a que somos afortunados dentro del
gran espectro de hinchas nacionales, puede ser.
Sin embargo, voy a ser egoísta. Siento que el hincha de
Católica merece todo, merece ser tricampeón y ganar la Libertadores. Merece
ganarle a la U una definición remontando un 3 a 0, o ganarle la final a Colo
Colo con Toselli atajándole un penal en el último minuto a Paredes.
Cuando todos los que algo pueden hacer entiendan que el hincha,
¡EL HINCHA PRINCIPALMENTE! se merece esto y mucho más, ahí recién creo que se
podrá hacer un poco de justicia con nosotros.
Déjenme decirles -pues esto me permite afrontar con
paciencia y fervor las largas jornadas de trabajo y clases- que les prometo que
no descansaré para poder llegar a ser entrenador de Católica en unos 12 años
más, con preparación de excelencia, y por fin, poder ganar todo lo que nos
merecemos.
Ahora los invito a seguir con la ardiente paciencia de
esperar el presente que nos merecemos.
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