Martín Lasarte ha
tenido a su disposición tanto en U. Católica como en la ‘U’ los mejores
planteles de cada torneo que le tocó disputar. Y si bien el registro
estadístico dice que en general le fue bien, ganando un título y disputando
otro par hasta el último segundo, también tuvo campañas horrendas, como la
actual o la primera con Católica ¡donde no logró clasificar a playoffs!
No obstante, si
hay un factor común en cada una de sus campañas, es el poco fondo futbolístico
que le entrega a sus equipos; es decir, la poca capacidad de tener una manera
de jugar que le permita predominar en el partido y a partir de ahí quedarse con
la victoria.
Los mejores
pasajes de sus equipos se veían tras una presión alta y un ataque realizado por
una gran cantidad de jugadores por las bandas. En la U. de Chile campeón ganó
esa primera parte del torneo sacando clara ventaja en los primeros tiempos y
aprovechando la efectividad que le daba tener los mejores delanteros del
campeonato, tal como ocurrió con Católica.
Pero el buen
nivel de los equipos de Lasarte no se mantienen en el tiempo ni en el mismo
partido, no duran más de 10 fechas. Esa misma ‘U’ luego se terminó titulando
campeón sacando provecho del ataque directo, pelotazo a Canales y lo antes
mencionado, ese poder de gol que en la UC tuvo con Sosa y Castillo (y así y
todo no le alcanzó).
Lasarte es un
(muy buen) entrenador eminentemente defensivo. Su gran capacidad se ve cuando
debe liderar un equipo débil ante adversarios mucho más poderosos, pero acá en
Chile le ha tocado estar en la vereda contrario, ha tenido que dirigir equipos
que están obligados a protagonizar, y él, en su honestidad brutal, lo ha
entendido, renunciando a su esencia y adaptándose a lo que le exige la
tradición del club, no como lo hicieron Pelusso, Markarián o Falcioni, por
ejemplo.
Entonces acá es
cuando aparece la explicación de por qué Lasarte, siendo buen DT, teniendo los
mejores jugadores y entendiendo la identidad del club, no logra armar un equipo
con un modelo de juego claro y exitoso en la ejecución. Es la contradicción
táctica. Lasarte, como buen DT defensivo, no puede dejar atrás todas esas reticencias
que genera el riesgo de un equipo ofensivo.
Cuando se quiere
tener un modelo de juego que involucre una presión alta, casi constante, con
participación de un alto número de agentes en faceta ofensiva, pero al mismo tiempo
existe una contradicción ideológica que se traspasa a los jugadores, y que se
relaciona al excesivo temor al desorden defensivo, a quedar mal parados, se
genera una confusión táctica que hace que los jugadores no ganen ni en
identidad ni convencimiento, y que, aunque esté en el área rival con muchos
jugadores, sus ataques sean muy previsibles.
El mal de Lasarte
tiene que ver con esto: “El exceso de 'orden' en la organización ofensiva no es
más que una forma para asegurar el orden en la organización defensiva”. Lo que quiere decir que por más que un
entrenador busque ser ‘ofensivo’, no va a lograr ser eficiente en este aspecto
si tiene incorporados (y le incorpora a sus jugadores) principios estrictamente
ligados a otro modelo de juego.
Dicho de otro
modo: no se puede querer ser ofensivo, presionar en área rival, trasladar
varios agente a la ofensiva, si luego tus jugadores tendrán el temor a dejar
posiciones, a realizar desmarques profundos, pensando en que deben estar
preocupados de sus funciones defensivas.
Esta
contradicción eminentemente ideológica es la que trunca esa honesta intención
de Lasarte de buscar armar equipos ofensivos, y que, en definitiva, lo hace
fracasar en aquella tarea.
Darle identidad a
tu equipo a través del modelo de juego, generarle convicciones inquebrantables
en las sutilezas y profundidades tácticas es el camino al éxito, y justamente,
es lo que no logra hacer Lasarte por lo antes mencionado.
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