miércoles, 31 de julio de 2013

El primer lateral volante que conocí

La primera vez que -sin saberlo- vi a un lateral volante, fue en octubre de 1996. Yo estaba por cumplir 11 años y el equipo del poblado de Carquindaño, al interior de la Comuna de Canela,  visitó mi pueblo, Huentelauquén, por el campeonato comunal.

Casi todos los habitantes fueron ese domingo como tantos otros a apoyar al equipo. Íbamos bien, punteros y se presagiaba una victoria. Yo fui como hincha, pero siempre me llamaba la atención ver a equipos nuevos, así que desde que llegaban me dedicaba a observarlos, a ver sus figuras, a tratar de identificar al entrenador, al delantero, al arquero.

En mi Comuna eran casi  todos los equipos iguales. El de pelo largo era normalmente el arquero, el más alto era central. Los más bajos con las piernas chuecas eran laterales, los más delgados y con nariz aguileña eran punteros. El más imponente era el 9, el 10 era parecido al 9, pero un poco más gordo.

Desde que tengo memoria que fui futbolero. Cada 30 ó 45 días tenía acceso a una revista ‘Don Balón’, y si visitaba a un tío en la ciudad podía ver goles del mundo. Así que esos futbolistas amateurs, los de mi pueblo y especialmente los que venían de más lejos eran lo más cercano a esas estrellas que vivían en mi cabeza,  principalmente gracias a mi imaginación que a otra cosa.

Nunca había visto al equipo de Carquindaño y lo primero que me llamó la atención es que en la charla técnica previa, a minutos del partido, se sentaran en el suelo simulando la formación que usarían en cancha. Era un típico 4-3-3.

Ya en el partido sorprendieron a todos dominando el encuentro y perdiéndose dos goles cantados antes de los 20 minutos. El partido se arregló para mi pueblo – eso pensaron todos- a los 26 minutos cuando el lateral derecho de ellos quiso anticipar y le dio con todo por atrás, en el talón, al José, el puntero izquierdo de mi equipo. El José saltó por los aires y cayó afuera de la cancha, donde justo estaba su señora, la que por su cuenta levantó unos centímetros del suelo al árbitro con un grito ensordecedor. El réferi no se complicó y le puso roja directa al defensor de ellos. Pocos le reclamaron al juez, la mayoría retó a su compañero que los dejaba con 10 en una cancha difícil, contra un buen equipo y cuando mejor jugaban.

Yo me fui acercando de a poco al montón de jugadores y me separé para  ver lo que comentaba el entrenador con el capitán del equipo para ordenar la oncena, que quedaba con uno menos. El DT quería sacar al puntero derecho y poner a un nuevo lateral, y que el “8” se abriera un poco para acompañar al 10 por la banda.

El puntero derecho, un flaco, con el número 7 en la espalda, que le faltaban algunos dientes y habla tirando saliva se dio cuenta de que lo querían sacar y llegó a intervenir. “Déjeme por la orilla a mí nomás, yo puedo seguir al 11 hasta el fondo y después acompañar el ataque, así me gusta más. Cuando me quedo mucho arriba no tengo espacio pa’ arrancar”.

Las palabras del número 7 convencieron al DT. Ese puntero, que no había sobresalido en esos primeros minutos, ahora se echaba a cuestas una doble responsabilidad, ayudar en la marca e irse con todo al ataque.

Me llamó la atención la valentía de aquel jugador y me quedé por ese sector para ver su desempeño. En el fondo de mi corazón le agarré cariño, su convicción conquistó mi corazón de hincha, que añoraba ver futbolistas de verdad.

Lo que hizo de ahí en más ese jugador es difícil de relatar, no sé si por mi poca capacidad descriptiva, o porque los recuerdos son cada vez más inmensos y las palabras que conozco no me bastan.

El ‘7’ de los amarillos llegaba al cruce y luego salía como una exhalación hacia adelante, proponiéndose siempre como pase. En el segundo tiempo, cuando el equipo de mi pueblo no lograba desequilibrar aún teniendo un hombre más y el entrenador nuestro no encontraba respuestas, este jugador, que ya no era ni puntero derecho ni fue a ocupar el puesto dejado por el lateral, se largó nuevamente al ataque, a pesar de que la pelota estaba por izquierda; de pronto el ‘10’ lo divisó, piernas largas, con espacio por delante porque el 4 de mi pueblo había cerrado… hizo un cambio de frente y mi primer héroe la apuró de cabeza, luego dos toques más, para estar con unas cuantas zancadas frente al arquero.

Sin dudarlo la impactó con la punta del pie, la pelota dio varios botes antes de pasarle por arriba de la pierna al arquero, que no esperaba ese torpe remate al primer palo. El balón se metió a la red y la cara de felicidad del 7 me emocionó hasta a mí.

Esa cara desarmada, su correr desgarbado, su valentía inusitada, su convicción  contagiosa ganaron ese partido. Él fue la figura, por lejos… fue mi primer héroe real, por lejos. Hoy lo sigo recordando. Después, unos cuantos años, supe de los laterales volantes; esos jugadores con la humildad para correr hacia atrás, y el optimismo para ir a buscar la línea de fondo rival.

Estoy seguro que a este 7 nadie le enseñó que había más como él en el mundo. Él nomás se tenía fe, él creía que podía cumplir una doble función.

Ese día el fútbol lo premió. No sé cómo le habrá ido en la vida. En esos años, en un pueblo tan pobre, tan alejado de la civilización, quizás la mayor alegría la vivió esa sola tarde. Agradezco haber nacido tan amante del fútbol y haber asistido ese día  a ver a mi Huentelauquén, donde conocí, sin saberlo, al primer lateral volante de los alrededores.

@FJopia_CDF

No hay comentarios:

Publicar un comentario