La primera vez que -sin saberlo- vi a un lateral volante, fue en
octubre de 1996. Yo estaba por cumplir 11 años y el equipo del poblado
de Carquindaño, al interior de la Comuna de Canela, visitó mi pueblo,
Huentelauquén, por el campeonato comunal.
Casi todos los habitantes fueron ese domingo como tantos otros a
apoyar al equipo. Íbamos bien, punteros y se presagiaba una victoria. Yo
fui como hincha, pero siempre me llamaba la atención ver a equipos
nuevos, así que desde que llegaban me dedicaba a observarlos, a ver sus
figuras, a tratar de identificar al entrenador, al delantero, al
arquero.
En mi Comuna eran casi todos los equipos iguales. El de pelo largo
era normalmente el arquero, el más alto era central. Los más bajos con
las piernas chuecas eran laterales, los más delgados y con nariz
aguileña eran punteros. El más imponente era el 9, el 10 era parecido al
9, pero un poco más gordo.
Desde que tengo memoria que fui futbolero. Cada 30 ó 45 días tenía
acceso a una revista ‘Don Balón’, y si visitaba a un tío en la ciudad
podía ver goles del mundo. Así que esos futbolistas amateurs, los de mi
pueblo y especialmente los que venían de más lejos eran lo más cercano a
esas estrellas que vivían en mi cabeza, principalmente gracias a mi
imaginación que a otra cosa.
Nunca había visto al equipo de Carquindaño y lo primero que me llamó
la atención es que en la charla técnica previa, a minutos del partido,
se sentaran en el suelo simulando la formación que usarían en cancha.
Era un típico 4-3-3.
Ya en el partido sorprendieron a todos dominando el encuentro y
perdiéndose dos goles cantados antes de los 20 minutos. El partido se
arregló para mi pueblo – eso pensaron todos- a los 26 minutos cuando el
lateral derecho de ellos quiso anticipar y le dio con todo por atrás, en
el talón, al José, el puntero izquierdo de mi equipo. El José saltó por
los aires y cayó afuera de la cancha, donde justo estaba su señora, la
que por su cuenta levantó unos centímetros del suelo al árbitro con un
grito ensordecedor. El réferi no se complicó y le puso roja directa al
defensor de ellos. Pocos le reclamaron al juez, la mayoría retó a su
compañero que los dejaba con 10 en una cancha difícil, contra un buen
equipo y cuando mejor jugaban.
Yo me fui acercando de a poco al montón de jugadores y me separé
para ver lo que comentaba el entrenador con el capitán del equipo para
ordenar la oncena, que quedaba con uno menos. El DT quería sacar al
puntero derecho y poner a un nuevo lateral, y que el “8” se abriera un
poco para acompañar al 10 por la banda.
El puntero derecho, un flaco, con el número 7 en la espalda, que le
faltaban algunos dientes y habla tirando saliva se dio cuenta de que lo
querían sacar y llegó a intervenir. “Déjeme por la orilla a mí nomás, yo
puedo seguir al 11 hasta el fondo y después acompañar el ataque, así me
gusta más. Cuando me quedo mucho arriba no tengo espacio pa’ arrancar”.
Las palabras del número 7 convencieron al DT. Ese puntero, que no
había sobresalido en esos primeros minutos, ahora se echaba a cuestas
una doble responsabilidad, ayudar en la marca e irse con todo al ataque.
Me llamó la atención la valentía de aquel jugador y me quedé por ese
sector para ver su desempeño. En el fondo de mi corazón le agarré
cariño, su convicción conquistó mi corazón de hincha, que añoraba ver
futbolistas de verdad.
Lo que hizo de ahí en más ese jugador es difícil de relatar, no sé si
por mi poca capacidad descriptiva, o porque los recuerdos son cada vez
más inmensos y las palabras que conozco no me bastan.
El ‘7’ de los amarillos llegaba al cruce y luego salía como una
exhalación hacia adelante, proponiéndose siempre como pase. En el
segundo tiempo, cuando el equipo de mi pueblo no lograba desequilibrar
aún teniendo un hombre más y el entrenador nuestro no encontraba
respuestas, este jugador, que ya no era ni puntero derecho ni fue a
ocupar el puesto dejado por el lateral, se largó nuevamente al ataque, a
pesar de que la pelota estaba por izquierda; de pronto el ‘10’ lo
divisó, piernas largas, con espacio por delante porque el 4 de mi pueblo
había cerrado… hizo un cambio de frente y mi primer héroe la apuró de
cabeza, luego dos toques más, para estar con unas cuantas zancadas
frente al arquero.
Sin dudarlo la impactó con la punta del pie, la
pelota dio varios botes antes de pasarle por arriba de la pierna al
arquero, que no esperaba ese torpe remate al primer palo. El balón se
metió a la red y la cara de felicidad del 7 me emocionó hasta a mí.
Esa cara desarmada, su correr desgarbado, su valentía inusitada, su
convicción contagiosa ganaron ese partido. Él fue la figura, por lejos…
fue mi primer héroe real, por lejos. Hoy lo sigo recordando. Después,
unos cuantos años, supe de los laterales volantes; esos jugadores con la
humildad para correr hacia atrás, y el optimismo para ir a buscar la
línea de fondo rival.
Estoy seguro que a este 7 nadie le enseñó que había más como él en el
mundo. Él nomás se tenía fe, él creía que podía cumplir una doble
función.
Ese día el fútbol lo premió. No sé cómo le habrá ido en la vida. En
esos años, en un pueblo tan pobre, tan alejado de la civilización,
quizás la mayor alegría la vivió esa sola tarde. Agradezco haber nacido
tan amante del fútbol y haber asistido ese día a ver a mi
Huentelauquén, donde conocí, sin saberlo, al primer lateral volante de
los alrededores.
@FJopia_CDF
Este es un espacio donde podemos hablar de fútbol, de táctica, de emoción, de recuerdos. Para que se hagan una idea de mi visión de fútbol, mis ídolos son Bergkamp y Robben; mis inspiradores: Cruyff y Bielsa. Admiro mucho a Guardiola y siempre digo "¡Que vida el fútbol! pero no todo el fútbol". Tengo diferencias irreconciliables con ideas y estilos que han sabido ser campeón, pero sé que en este deporte hay espacio para todo.
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