Uruguay, Uruguay,
Uruguay… ¿cómo era esa historia tuya que cuentan?
Esa de un equipo que logró silenciar a casi 200 mil personas en el
Maracaná en el Mundial de 1950, derrotando a Brasil en el partido final cuando
a los anfitriones les bastaba un empate para ser campeón.
Hecho real que se
transformó en leyenda y construyó un mito a su alrededor. El de la garra
charrúa, de una raza especialmente luchadora y predestinada para aparecer
cuando las circunstancias fueran lo más desfavorables posibles.
65 años después,
todo lo construido por un grupo de héroes y defendido por generaciones tras
generaciones amenaza por ser acabado por un montón de futbolistas que parecen
haber adquirido ese mensaje con una disociación fundamental en los conceptos de
coraje y ‘resultadismo’.
En lo
futbolístico, ser uruguayo, hoy por hoy, significa amar por sobre todas las cosas
el triunfo, buscar a como de lugar la recompensa máxima que puede dar un
partido de fútbol o un campeonato.
Como es imposible
ganar siempre, más para un equipo donde no abunda el talento, el coraje con que
sus seleccionados afrontaban todos los encuentros fue el premio de consuelo
para una nación que ama el fútbol y se emociona al ver a sus jugadores dejar
todo por la camiseta, olvidando casi por completo el aporte futbolístico que
puedan entregar.
Uruguay sabía a
lo que jugaba y estaba dispuesto a pagar las consecuencias. Los conceptos de ‘resultadismo’
y coraje eso sí, se olvidaban casi siempre que los resultados no eran los
esperados. Malos perdedores como los argentinos o brasileños.
Pero todo el
respeto que se habían ganado por años permitía que el medio les aguantara
siempre su mal actuar y, es más, se les metía dentro del contexto de ‘garra
charrúa’.
No obstante, lo
ocurrido en el partido de cuartos de final ante Chile por la Copa América 2015,
y especialmente, las reacciones de los días posteriores comienza a escribir
otra historia en el fútbol uruguayo, la de los mariconazos.
Un hecho real que
se transformará en leyenda y que contará la historia de un grupo de
seleccionados y exseleccionados que no conformándose con la justa derrota que
le dio un equipo sin títulos, se dedicó a llorar por todos los medios posibles,
quitándole merecimientos a un equipo que los bailó, olvidando por completo la
forma en que jugaron e intentando culpar al árbitro cuando ellos se dedicaron a
patear de manera grosera.
Este grupo de
jugadores mostró un comportamiento demencial, fuera de sus facultades mentales.
Vieron y jugaron un partido que sólo existió en sus cabezas.
Traicionaron la ‘garra
charrúa’ al disociar los conceptos de ‘resultadismo’, siempre presente; y de coraje, olvidado completamente, dándole
lugar a la cobardía durante el partido y al llanto en las horas y días posteriores.
Hemos presenciado
la aparición de los del ‘mariconazo’, 65 años después de una de las gestas más
grandes de la historia del fútbol. Así es cómo se puede tirar por el suelo toda
una vida de orgullo y respeto.
Charrúas, denle
las gracias a Giménez, González, Fucile y también a Chevantón, Lugano, ellos
son los culpables de que hoy sigan llorando por tuiter en vez de pensar en cómo
vuelven a ganarse el respeto perdido.
Luis Fabián Jopia
@JopiaGuerra
@JopiaGuerra
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